China lanza por cuarta vez su misteriosa nave espacial reutilizable y refuerza la carrera tecnológica

El programa espacial chino ha dado un nuevo paso adelante con el lanzamiento, el pasado viernes por la noche, de su vehículo espacial experimental reutilizable. Esta misión, la cuarta de su tipo, vuelve a desarrollarse bajo un manto de secretismo, en línea con la estrategia de opacidad que caracteriza a la Agencia Espacial Nacional de China (CNSA) en sus proyectos más avanzados. La nave, que algunos analistas occidentales comparan con el X-37B estadounidense, representa un ambicioso esfuerzo por situar a China a la vanguardia de la tecnología espacial reutilizable, un campo en el que hasta ahora destacan principalmente Estados Unidos y, en el sector privado, SpaceX.
El lanzamiento tuvo lugar desde el Centro de Lanzamiento de Satélites de Jiuquan, en el desierto de Gobi. Aunque las autoridades chinas no han divulgado detalles técnicos sobre la configuración ni la duración prevista de la misión, observadores independientes han confirmado el despegue gracias al seguimiento de la trayectoria del cohete portador Long March 2F, que ha sido utilizado en todas las misiones previas de este misterioso vehículo.
El sigilo es tal que ni siquiera se ha dado a conocer oficialmente el nombre de la nave, aunque en círculos internacionales se la conoce como el «espacioplano chino». La CNSA ha declarado que el objetivo es probar tecnologías clave para la reutilización de vehículos orbitales, lo que podría revolucionar el acceso al espacio, abaratando costes y acelerando la frecuencia de lanzamientos. Hasta ahora, solo el X-37B de la Fuerza Aérea de EE. UU. y los vehículos de SpaceX, como el Falcon 9 y el Starship, han demostrado capacidades similares, aunque con enfoques y escalas diferentes.
El desarrollo de naves espaciales reutilizables supone un cambio de paradigma respecto a la tradicional utilización de cohetes desechables. Esta estrategia, que lideran empresas como SpaceX con el aterrizaje vertical de primeras etapas, y la NASA con su apoyo al desarrollo de cápsulas y vehículos de nueva generación, ha permitido reducir drásticamente el coste por kilogramo lanzado al espacio. El propio Elon Musk ha señalado en repetidas ocasiones que la reutilización es clave para la colonización de Marte y la expansión de la humanidad en el Sistema Solar.
China, por su parte, ha avanzado rápidamente en los últimos años. Tras el primer vuelo de su nave experimental en 2020, que duró apenas dos días, el país asiático ha ido incrementando la duración y complejidad de las misiones. En 2022, el vehículo permaneció en órbita durante 276 días, un hito que despertó la atención internacional y reavivó las especulaciones sobre los verdaderos fines del programa. Aunque oficialmente se habla de experimentos científicos y validación tecnológica, algunos expertos apuntan a posibles aplicaciones militares, como la puesta en órbita de satélites secretos o el desarrollo de capacidades de respuesta rápida ante amenazas en el espacio.
El hermetismo chino contrasta con la tendencia a la transparencia que muestran otras agencias y empresas. SpaceX, por ejemplo, retransmite en directo la mayoría de sus lanzamientos y publica datos técnicos de interés para la comunidad aeroespacial. En Europa, la española PLD Space ha apostado también por la reutilización con su cohete Miura 1, que completó con éxito su primer vuelo suborbital en 2023, y ya trabaja en el desarrollo del Miura 5, que aspira a competir en el mercado de lanzadores ligeros reutilizables.
La NASA, aunque tradicionalmente vinculada a grandes proyectos como el transbordador espacial (Space Shuttle), ha delegado en el sector privado buena parte de la innovación en reutilización. El programa Artemis, que busca devolver a la humanidad a la Luna, cuenta con la colaboración de SpaceX y Blue Origin para el desarrollo de módulos lunares y sistemas de lanzamiento avanzados. Blue Origin, la empresa de Jeff Bezos, también está apostando por vehículos reutilizables, como el New Shepard y el futuro New Glenn, aunque aún no han alcanzado la cadencia ni la madurez tecnológica de SpaceX.
Mientras tanto, el X-37B estadounidense, un pequeño transbordador no tripulado operado por la Fuerza Espacial de Estados Unidos, sigue marcando récords de permanencia en órbita y alimentando teorías sobre su uso militar. La competencia entre potencias y empresas privadas está impulsando una nueva era de innovación en la que la reutilización y la rapidez de respuesta se han convertido en factores clave.
El reciente lanzamiento chino confirma que Pekín no quiere quedarse atrás en esta carrera. Aunque los detalles siguen siendo un misterio, el avance de sus programas de naves espaciales reutilizables tendrá, sin duda, un impacto en el equilibrio de poder tecnológico en el espacio. En los próximos años, veremos si la apuesta por el secretismo da frutos o si, por el contrario, la colaboración y la apertura siguen siendo la mejor vía para el progreso aeroespacial.
(Fuente: SpaceNews)
