Cáscaras de crustáceos: la nueva revolución en materiales para robótica avanzada

La innovación en robótica da un salto sorprendente gracias a la investigación liderada por científicos de la Escuela Politécnica Federal de Lausana (EPFL), en Suiza, quienes han logrado integrar cáscaras descartadas de crustáceos en el desarrollo de dispositivos robóticos. Este avance no solo representa una apuesta pionera por aprovechar materiales biológicos en la ingeniería, sino que también inaugura un paradigma más sostenible y eficiente en la robótica de nueva generación.
Hasta el momento, la mayoría de los robots, incluso los inspirados en la naturaleza, han sido construidos principalmente con metales, plásticos y compuestos sintéticos. Sin embargo, el equipo suizo ha decidido ir más allá de la simple imitación biológica y apuesta por la integración real de materiales naturales. En concreto, han elegido las cáscaras de crustáceos —tradicionalmente consideradas residuos en la industria alimentaria— por sus propiedades excepcionales: ligereza, resistencia y capacidad de flexión.
El secreto de estas cáscaras radica en la quitina, un polisacárido que, combinado con proteínas y carbonato cálcico, da lugar a una estructura natural extremadamente robusta, capaz de soportar grandes cargas sin perder flexibilidad. Los investigadores han adaptado y procesado estos materiales para obtener componentes robóticos que rivalizan, e incluso superan en algunos aspectos, a los fabricados con materiales sintéticos tradicionales.
El primer prototipo funcional, presentado por el laboratorio de sistemas biónicos de la EPFL, consiste en un manipulador robótico articulado. Este brazo robótico, dotado de movimientos precisos y suaves, ha sido construido en gran parte a partir de cáscaras de gambas y langostinos recicladas. Según los responsables del proyecto, el resultado es un dispositivo no solo más ligero, sino también más eficiente energéticamente, gracias a la elasticidad inherente del material biológico.
Este avance se enmarca dentro de una tendencia global en la ingeniería de materiales, donde la sostenibilidad y la economía circular cobran cada vez mayor relevancia. La utilización de desechos biológicos como base para nuevos desarrollos tecnológicos podría reducir drásticamente el impacto ambiental de la fabricación robótica, abriendo un abanico de posibilidades para sectores como la medicina, la exploración planetaria y la industria aeroespacial.
En este sentido, las agencias espaciales públicas y privadas están mostrando un interés creciente por los biomateriales, dada la necesidad de aligerar el peso de los equipos lanzados al espacio y de desarrollar tecnologías que permitan el reciclaje y la reutilización en misiones de larga duración. Por ejemplo, la NASA y SpaceX investigan activamente en el diseño de hábitats y herramientas fabricadas con materiales orgánicos, lo que podría facilitar la construcción de infraestructuras en la Luna o Marte a partir de recursos locales o residuos generados durante la misión.
El reciente éxito de SpaceX con su nave Starship, capaz de transportar grandes cargas útiles a órbita y más allá, ha puesto de relieve la importancia de optimizar cada gramo de material a bordo. En paralelo, compañías como Blue Origin o la española PLD Space exploran soluciones innovadoras para reducir costes y minimizar el impacto ecológico de sus lanzadores reutilizables. La adopción de materiales biológicos podría, en un futuro próximo, formar parte integral de los componentes estructurales de naves, brazos robóticos y otros elementos críticos en la exploración espacial.
En el ámbito terrestre, el desarrollo de robots médicos y asistentes personales también podría beneficiarse de esta tecnología. Los materiales derivados de crustáceos ofrecen ventajas como la biocompatibilidad y la capacidad de biodegradarse, lo que los convierte en candidatos ideales para prótesis, exoesqueletos y dispositivos de asistencia quirúrgica. Asimismo, la flexibilidad y robustez de estos componentes abre nuevas posibilidades para el diseño de robots blandos, capaces de interactuar de forma segura en entornos humanos o manipular objetos delicados.
El equipo de la EPFL, liderado por la doctora Marie Dupont, ha señalado que este es solo el principio. Sus próximos pasos incluyen la incorporación de sensores y actuadores directamente en los materiales biológicos, así como la ampliación de la gama de aplicaciones a otros campos, como la robótica submarina —donde la resistencia natural a la corrosión de las cáscaras de crustáceos podría suponer una ventaja competitiva—.
Este avance, con raíces en la naturaleza y la sostenibilidad, podría transformar radicalmente la forma en que concebimos y fabricamos robots, tanto en la Tierra como fuera de ella. La integración de materiales biológicos, hasta ahora infrautilizados, marca un nuevo rumbo para la tecnología, donde la inspiración no solo proviene de la observación de la naturaleza, sino también de la imitación y reutilización de sus propios materiales.
Si la tendencia continúa, no sería descabellado imaginar un futuro donde los residuos orgánicos sean la base de las herramientas que nos ayuden a explorar otros planetas o mejorar la calidad de vida en la Tierra. La revolución de los biomateriales en robótica apenas acaba de comenzar, y sus posibilidades parecen tan vastas como el universo que aún nos queda por descubrir.
(Fuente: SpaceDaily)
