La carrera lunar entre Estados Unidos y China exige un nuevo plan urgente

Durante años, tanto la Administración Trump como el Congreso estadounidense han señalado con firmeza que devolver astronautas norteamericanos a la superficie de la Luna antes que China, en algún momento entre 2028 y 2030, constituye una prioridad nacional. Esta meta no solo responde al deseo de recuperar el liderazgo estadounidense en la exploración espacial, sino que también se erige como un pilar estratégico para la influencia global y el futuro de la presencia humana fuera de la Tierra. Sin embargo, en la comunidad espacial de Estados Unidos crece una inquietud: los retos técnicos, presupuestarios y de calendario amenazan con dejar el camino libre a China para lograr el siguiente gran hito lunar.
La NASA, apoyada por empresas privadas como SpaceX y Blue Origin, ha centrado sus esfuerzos en el programa Artemis. Artemis pretende llevar a la primera mujer y a la próxima persona a la superficie lunar y establecer una presencia sostenible en la Luna como paso previo a la exploración de Marte. El objetivo inicial de aterrizar en el polo sur lunar en 2024 fue rápidamente pospuesto a 2025, y los retrasos acumulados desde entonces hacen cada vez más probable que la misión Artemis III —la primera que volvería a pisar la superficie selenita desde 1972— se retrase más allá de 2026.
SpaceX, actor principal en este ambicioso plan, es responsable del desarrollo del módulo lunar Starship HLS (Human Landing System). Este vehículo, basado en su cohete reutilizable de nueva generación, se enfrenta a desafíos tecnológicos sin precedentes: debe demostrar la capacidad de repostaje en órbita, realizar vuelos de prueba sin tripulación y garantizar la seguridad de los astronautas. Aunque la compañía de Elon Musk ha conseguido hitos importantes, como el exitoso lanzamiento y recuperación de prototipos de Starship, aún no ha realizado una misión orbital completa ni ha demostrado el repostaje espacial, lo que incrementa la presión sobre el calendario.
Blue Origin, liderada por Jeff Bezos, también compite con su módulo lunar Blue Moon y recientemente ha obtenido un contrato para desarrollar una segunda alternativa de aterrizaje tripulada. Esta estrategia de diversificación responde a la preocupación de que depender de un solo proveedor —en este caso, SpaceX— pueda poner en peligro la misión nacional si surgen problemas técnicos o financieros insalvables.
En paralelo, China avanza a paso firme con su programa lunar. Tras el éxito de la misión Chang’e 5, que trajo muestras lunares a la Tierra en 2020, el país asiático ha anunciado planes concretos para una misión tripulada al polo sur lunar antes de 2030. Su programa espacial, gestionado por la Administración Nacional del Espacio de China (CNSA), cuenta con un respaldo político y presupuestario estable, y su calendario de lanzamientos y pruebas se ha caracterizado por un cumplimiento riguroso y una progresión constante.
Frente a este panorama, en Estados Unidos comienza a tomar fuerza la idea de que es imprescindible desarrollar un “Plan B”. Este plan alternativo podría incluir la aceleración de tecnologías críticas, la diversificación de proveedores, la cooperación internacional más allá de los socios tradicionales y, sobre todo, una mayor flexibilidad presupuestaria y operacional. Algunos expertos sugieren que, si Artemis III se retrasa, se podría considerar una misión de retorno a la órbita lunar con tripulación como paso intermedio, o incluso aceptar la colaboración de empresas privadas que ofrezcan soluciones más ágiles y menos dependientes de la infraestructura gubernamental tradicional.
A nivel internacional, Europa también se posiciona como socio relevante a través de la Agencia Espacial Europea (ESA) y empresas como PLD Space, que recientemente ha avanzado en el desarrollo de lanzadores reutilizables como el Miura 1. Aunque aún lejos de competir directamente en el terreno de la exploración lunar tripulada, el impulso del sector espacial europeo podría convertirse en aliado estratégico si Estados Unidos decide abrir el programa Artemis a una colaboración más global.
En paralelo, la exploración de exoplanetas y la investigación de mundos habitables fuera del sistema solar, liderada por telescopios como el James Webb de la NASA y el futuro Ariel de la ESA, sigue avanzando, pero este esfuerzo científico no sustituye el impacto simbólico y estratégico de plantar una bandera en la Luna.
El tiempo apremia: cada mes de retraso en el programa Artemis acerca la posibilidad de que China sea la próxima potencia en pisar el suelo lunar y establezca nuevas reglas en la exploración y utilización de los recursos selenitas. Para Estados Unidos, mantener el liderazgo en el espacio no es solo una cuestión de orgullo nacional, sino un elemento clave para la seguridad, la diplomacia y la economía futuras.
La carrera lunar del siglo XXI no admite titubeos y exige decisiones audaces. Sin un Plan B robusto y una respuesta coordinada entre el sector público y privado, Estados Unidos podría perder la oportunidad de liderar el próximo capítulo de la exploración espacial.
(Fuente: SpaceNews)
