SpaceX y L3Harris impulsan la defensa espacial de EEUU con 36 satélites de seguimiento

La carrera por el dominio del espacio da un paso clave con el encargo de 36 satélites a SpaceX y L3Harris, destinados a la constelación militar Proliferated Warfighter Space Architecture (PWSA) de la Agencia de Desarrollo Espacial de Estados Unidos (SDA). Este avance refuerza la denominada «Capa de Seguimiento» (Tracking Layer) de la constelación, que orbitará en la baja órbita terrestre (LEO) con el objetivo de detectar y rastrear amenazas como misiles hipersónicos, un desafío tecnológico de primer orden en la geopolítica actual.
El contrato, anunciado recientemente por la SDA, establece que SpaceX y L3Harris construirán 18 satélites cada uno, compartiendo así la responsabilidad de esta fase crítica del programa PWSA. Estos satélites estarán equipados con sensores avanzados de infrarrojos y tecnologías de comunicación láser, lo que les permitirá formar una red interconectada capaz de rastrear objetos en movimiento rápido en tiempo real, incluso aquellos diseñados para eludir los sistemas tradicionales de alerta temprana.
El diseño de la PWSA responde a la necesidad de contar con una arquitectura espacial resiliente y distribuida. A diferencia de los antiguos satélites de defensa, grandes y costosos, el enfoque actual apuesta por enjambres de satélites más pequeños, baratos y difíciles de neutralizar. Esta proliferación de plataformas, distribuidas en distintas capas (comunicación, seguimiento, navegación), busca garantizar que la infraestructura espacial estadounidense pueda sobrevivir y operar incluso ante ataques o interferencias hostiles.
La «Capa de Seguimiento» es, precisamente, la encargada de proporcionar cobertura global para la detección temprana de amenazas balísticas y misiles hipersónicos. Estos últimos representan una de las mayores preocupaciones de la defensa moderna, ya que pueden maniobrar a velocidades superiores a Mach 5 y evadir los sistemas convencionales de radar. Los sensores de infrarrojos de los satélites permitirán identificar el calor generado por estos misiles en pleno vuelo, mientras que las comunicaciones láser aseguran una transmisión de datos casi instantánea entre los distintos nodos de la red.
SpaceX, que en los últimos años ha revolucionado el acceso al espacio con su familia de cohetes Falcon y la megaconstelación Starlink, aportará su experiencia en la fabricación y despliegue rápido de satélites en LEO. Por su parte, L3Harris, especialista en sensores avanzados y comunicaciones militares, reforzará la capacidad tecnológica de la constelación. Ambas compañías ya colaboraron en contratos anteriores con la SDA, consolidando así su posición en el auge del sector espacial de defensa.
El calendario del proyecto es ambicioso: se espera que los primeros satélites de esta tanda estén listos para su lanzamiento en los próximos dos años. Una vez en órbita, formarán parte de un sistema que podría alcanzar varios centenares de satélites en la próxima década, todos interconectados y capaces de compartir información crítica en tiempo real con el Pentágono y los sistemas de defensa aliados.
Este encargo se enmarca en un contexto internacional de creciente tensión y competencia espacial. China y Rusia han desarrollado y probado tecnologías tanto de misiles hipersónicos como de interferencia y destrucción de satélites, lo que ha llevado a Estados Unidos y sus aliados a reforzar sus capacidades de alerta y respuesta. La proliferación de constelaciones en LEO —tanto militares como comerciales— está cambiando el equilibrio del poder en el espacio, un entorno cada vez más congestionado y disputado.
Mientras tanto, el sector privado sigue desempeñando un papel fundamental en la innovación y despliegue de nuevas tecnologías espaciales. Empresas como SpaceX, Blue Origin, Virgin Galactic y la española PLD Space están bajando los costes de acceso al espacio y acelerando el ritmo de los desarrollos. En paralelo, la NASA y agencias como la ESA siguen apostando por misiones científicas y de exploración, como la búsqueda de exoplanetas habitables o el regreso a la Luna con el programa Artemis.
La colaboración público-privada se ha convertido así en el motor del progreso espacial, tanto en el ámbito civil como militar. La integración de tecnologías avanzadas, como los sensores infrarrojos de alta resolución y las comunicaciones ópticas, está marcando el rumbo de los sistemas de defensa del futuro, donde la capacidad de reacción y la resiliencia serán determinantes.
En definitiva, el encargo de estos 36 satélites no solo representa un salto cualitativo en la defensa espacial estadounidense, sino que anticipa una nueva era de vigilancia global y disuasión, donde la tecnología y la cooperación serán las claves para mantener la superioridad en la última frontera. (Fuente: Spaceflight Now)
