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Cooperación internacional urgente para frenar la congestión orbital y la proliferación de basura espacial

Cooperación internacional urgente para frenar la congestión orbital y la proliferación de basura espacial

La creciente congestión de las órbitas terrestres y el preocupante aumento de los residuos espaciales han alcanzado niveles críticos, situando este desafío como una de las mayores amenazas para la sostenibilidad de la actividad espacial global. Actualmente, son miles los satélites activos y fragmentos de desechos que circulan a gran velocidad alrededor de la Tierra, poniendo en riesgo tanto las misiones en curso como el futuro de la exploración y los servicios espaciales esenciales.

La comunidad internacional, formada por agencias públicas como la NASA, la ESA o la CNSA, junto a operadores privados como SpaceX, Blue Origin, Virgin Galactic o la española PLD Space, está tomando conciencia del impacto potencial que la saturación orbital puede tener sobre sistemas de telecomunicaciones, observación terrestre, navegación global, investigación científica y futuras misiones tripuladas o robóticas a la Luna, Marte y más allá.

Un entorno cada vez más saturado

En la actualidad, la órbita baja terrestre (LEO, por sus siglas en inglés) alberga más de 8.000 satélites activos, cifra que no deja de aumentar debido a la proliferación de megaconstelaciones como Starlink de SpaceX o Kuiper de Amazon. El ritmo de lanzamientos ha experimentado un crecimiento exponencial en los últimos años: solo en 2023, SpaceX realizó más de 90 lanzamientos, muchos de ellos dedicados a desplegar decenas de satélites por cada misión. Esta tendencia se replica en otros actores como OneWeb, con el respaldo de la ESA, o la prometedora constelación europea IRIS², que busca competir en el mercado del internet satelital.

Sin embargo, cada nuevo satélite incrementa el riesgo de colisiones. El caso más conocido es el de la colisión accidental entre un satélite Iridium y el satélite ruso Kosmos-2251 en 2009, que generó miles de fragmentos peligrosos. A día de hoy, los radares catalogan más de 34.000 objetos mayores de 10 cm y cientos de miles de fragmentos más pequeños, capaces de destruir o inutilizar satélites funcionales. La NASA y la ESA calculan que la “basura espacial” ya es uno de los principales factores de riesgo para la Estación Espacial Internacional (ISS) y cualquier misión tripulada.

Tecnología y regulación: retos y avances

Para hacer frente a esta problemática, las principales agencias desarrollan tecnologías de mitigación y remediación. La ESA ha impulsado la misión ClearSpace-1, prevista para 2026, cuyo objetivo es capturar y desorbitar de forma segura un fragmento de desecho orbital. Japón, con la JAXA y empresas como Astroscale, también avanza en soluciones de limpieza mediante brazos robóticos o sistemas de acoplamiento magnético. Por su parte, la NASA promueve el diseño de satélites con capacidad de autoeliminación al final de su vida útil, y la FCC estadounidense ha reducido el periodo máximo para desorbitar satélites a solo cinco años.

En el sector privado, SpaceX ha implementado tecnologías de propulsión que permiten maniobras de evasión automatizadas para sus satélites Starlink, y la start-up española PLD Space, especializada en lanzadores reutilizables, apuesta por reducir los restos generados por etapas superiores en desuso. Blue Origin y Virgin Galactic, aunque centradas en el turismo suborbital, han mostrado interés en contribuir a la gestión responsable del entorno orbital.

Colaboración internacional, clave para el futuro

Ante la magnitud del problema, la cooperación entre países, agencias y empresas es imprescindible. El Comité de las Naciones Unidas para el Uso Pacífico del Espacio Ultraterrestre (COPUOS) y la Oficina de Naciones Unidas para Asuntos del Espacio Exterior (UNOOSA) promueven el desarrollo de normativas globales y buenas prácticas, pero la aplicación sigue siendo desigual.

La Unión Europea, a través de la Agencia Espacial Europea y su programa SSA (Space Situational Awareness), lidera la monitorización y la alerta temprana de colisiones, mientras que Estados Unidos y China han comenzado a intercambiar información crítica sobre trayectorias de objetos de riesgo. No obstante, los expertos coinciden en que es preciso avanzar hacia acuerdos vinculantes, similares a los tratados de control de armas, para limitar el despliegue masivo de satélites y establecer protocolos de desorbitado efectivo.

El futuro de la exploración y la economía espacial depende de que en 2024 y los próximos años se refuercen estos mecanismos de cooperación y regulación. Sin una acción concertada, los riesgos de congestión orbital y proliferación incontrolada de basura espacial podrían comprometer tanto los servicios de los que depende nuestra vida cotidiana como las ambiciones de alcanzar otros mundos.

La sostenibilidad del espacio es un reto global que requiere un compromiso firme e inmediato de todos los actores implicados. Solo mediante la colaboración internacional y la innovación tecnológica será posible garantizar el acceso seguro y responsable al cosmos para las generaciones presentes y futuras.

(Fuente: SpaceNews)