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NASA da un paso decisivo en la propulsión nuclear para explorar la Luna y Marte

NASA da un paso decisivo en la propulsión nuclear para explorar la Luna y Marte

La carrera espacial contemporánea vive una revolución silenciosa pero crucial: el regreso de la energía nuclear como motor de la exploración más allá de la órbita terrestre. La NASA ha anunciado la finalización de una fase clave en el desarrollo de sistemas de propulsión nuclear, al completar con éxito una campaña de ensayos de flujo en frío de su primer reactor experimental con fines de vuelo desde la década de 1960. Este avance podría suponer un punto de inflexión para las futuras misiones hacia la Luna, Marte y otros destinos del Sistema Solar.

El nuevo reactor, desarrollado en el marco del programa DRACO (Demonstration Rocket for Agile Cislunar Operations), representa la apuesta más ambiciosa de la agencia estadounidense por la energía nuclear desde el histórico proyecto NERVA. Durante la Guerra Fría, el programa NERVA (Nuclear Engine for Rocket Vehicle Application) buscaba dotar a las futuras naves espaciales de motores nucleares térmicos, capaces de superar las limitaciones de los cohetes químicos tradicionales. Aunque aquellos planes quedaron en suspenso tras la cancelación del Apolo y el auge de los ingenios químicos, la necesidad de misiones más rápidas y eficientes ha devuelto la propulsión nuclear al primer plano.

El reciente ensayo, conocido como “cold-flow test”, ha permitido verificar el comportamiento del sistema de refrigeración del reactor sin necesidad de fisionar material radiactivo. Se han analizado parámetros como la integridad estructural, el flujo de los gases y la capacidad de control térmico del conjunto, utilizando hidrógeno frío como simulador del futuro propulsante real. Este tipo de pruebas resulta vital para garantizar la seguridad y el rendimiento antes de proceder a experimentos con material nuclear activo.

La tecnología de propulsión nuclear térmica (NTP, por sus siglas en inglés) promete reducir los tiempos de viaje a Marte casi a la mitad respecto a los métodos actuales. Mientras que un trayecto con cohetes químicos puede durar entre seis y nueve meses, un motor nuclear permitiría acortar esa travesía a poco más de tres meses, minimizando la exposición de las tripulaciones a la radiación cósmica y otros riesgos inherentes al espacio profundo. Además, la NTP ofrece mayor eficiencia en el uso del combustible, lo que se traduce en mayor carga útil y flexibilidad para maniobras orbitales.

La NASA no es la única entidad interesada en este renacimiento nuclear. Empresas privadas como SpaceX, que continúa liderando la industria con el desarrollo del Starship y los lanzamientos regulares de Falcon 9, observan con atención los progresos en propulsión avanzada. Elon Musk ha señalado en varias ocasiones que tecnologías como la NTP o la propulsión nuclear eléctrica podrían integrarse en las próximas generaciones de naves interplanetarias, especialmente en el contexto de la colonización marciana.

Por su parte, Blue Origin, la compañía fundada por Jeff Bezos, trabaja en motores BE-4 de metano y oxígeno líquido, pero no descarta el salto a sistemas más avanzados en el futuro. El interés por la energía nuclear también se extiende a la generación de electricidad en la superficie lunar o marciana, donde la ausencia de luz solar constante hace del reactor nuclear una opción viable. La NASA, en colaboración con el Departamento de Energía de EE. UU., impulsa varios proyectos de reactores compactos, como el Kilopower, capaces de suministrar energía fiable a hábitats y laboratorios en entornos hostiles.

En Europa, la española PLD Space ha marcado un hito con el lanzamiento exitoso del Miura 1, abriendo la puerta a una industria de lanzadores medianos y pequeños con sello nacional. Aunque su enfoque es por ahora químico, la compañía sigue de cerca los avances en tecnologías de propulsión alternativa que en el futuro podrían competir o complementar las soluciones nucleares.

Virgin Galactic, en el ámbito del turismo suborbital, apuesta por combustibles híbridos, pero la evolución de los viajes espaciales comerciales podría beneficiarse igualmente de sistemas nucleares si se abren rutas más largas y ambiciosas. Asimismo, agencias como la ESA, Roscosmos y la CNSA china exploran la propulsión nuclear tanto para sondas automáticas como para misiones tripuladas de próxima generación.

El impacto de la energía nuclear no se limita a la propulsión. Los recientes descubrimientos de exoplanetas en la zona habitable de estrellas cercanas, gracias a telescopios como el James Webb y el TESS, plantean desafíos para el envío de sondas interestelares. Proyectos teóricos como Breakthrough Starshot ya contemplan el uso de minirreactores nucleares para alimentar láseres o motores de plasma en misiones a Próxima Centauri.

En definitiva, la culminación de los ensayos de flujo en frío del reactor experimental de la NASA marca un regreso decidido de la energía nuclear al corazón de la exploración espacial. Este avance técnico e histórico abre nuevas perspectivas para el futuro de la humanidad más allá de la Tierra, permitiendo soñar con misiones más rápidas, seguras y ambiciosas a destinos remotos del cosmos.

(Fuente: NASA)