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El “impuesto espacial” que encarece el desarrollo de los coches autónomos

El “impuesto espacial” que encarece el desarrollo de los coches autónomos

Cuando se habla de los desafíos técnicos y económicos que enfrentan los vehículos autónomos, la conversación suele centrarse en el precio de los sensores LiDAR, la capacidad de procesamiento de datos y el coste del entrenamiento de la inteligencia artificial. Sin embargo, hay un elemento invisible, que opera mucho más allá del alcance de los radares y cámaras, y que apenas recibe atención: la ionosfera terrestre. Este componente atmosférico, cargado por la actividad solar, se ha convertido en un auténtico “impuesto espacial” para el sector de la automoción autónoma, ya que afecta directamente a la precisión y fiabilidad de los sistemas de posicionamiento global en los que confían estos vehículos.

La ionosfera es una región de la atmósfera terrestre que se extiende aproximadamente entre los 60 y 1.000 kilómetros de altitud. Está compuesta por partículas ionizadas debido a la radiación solar, y su comportamiento es impredecible y caótico. Aunque su estudio ha sido esencial para las comunicaciones y la navegación desde el inicio de la era espacial, su relevancia es ahora más acuciante que nunca por el auge de los sistemas de navegación satelital y la necesidad de una precisión centimétrica en los coches autónomos.

Los sistemas de posicionamiento global por satélite (GNSS), como el GPS estadounidense, el Galileo europeo, el GLONASS ruso o el BeiDou chino, son fundamentales para la localización y navegación de los vehículos autónomos. Cada uno de estos sistemas utiliza constelaciones de satélites en órbita media que transmiten señales continuamente a la Tierra. Sin embargo, cuando estas señales atraviesan la ionosfera, pueden sufrir retrasos, refracción y distorsiones, lo que afecta gravemente a la precisión con la que un vehículo puede determinar su posición exacta sobre la superficie terrestre.

En condiciones ideales, el margen de error de un sistema GNSS convencional puede ser de varios metros, una cifra inaceptable para coches que deben tomar decisiones en fracciones de segundo y a menudo en entornos urbanos complejos. Para solventar este problema, los fabricantes y desarrolladores recurren a soluciones de corrección diferencial, como las estaciones base terrestres y las redes de satélites de aumento, que permiten afinar la localización hasta el nivel de los centímetros. Sin embargo, estas soluciones suponen un sobrecoste significativo y requieren una infraestructura adicional, lo que incrementa el precio final de los vehículos autónomos y ralentiza su despliegue masivo.

A este obstáculo técnico se suman los efectos de las tormentas solares y la variabilidad diaria de la ionosfera, que pueden provocar interrupciones o errores puntuales en la navegación. La NASA y la ESA, junto con otras agencias espaciales, han intensificado en los últimos años la monitorización de la actividad solar y el comportamiento de la ionosfera para anticipar estos eventos y mitigar su impacto. Por ejemplo, la misión Swarm de la Agencia Espacial Europea lleva desde 2013 recolectando datos de alta resolución sobre el campo magnético terrestre y su interacción con la ionosfera, información vital para mejorar los algoritmos de corrección de señal.

En paralelo, empresas privadas como SpaceX y Blue Origin están invirtiendo en el desarrollo de constelaciones de satélites de órbita baja (LEO), como Starlink, que ofrecen una alternativa para la navegación y las comunicaciones, ya que sus señales atraviesan la ionosfera en trayectorias más cortas y con menor distorsión. Estas redes podrían complementar o incluso sustituir a los sistemas GNSS tradicionales en el futuro, proporcionando una mayor fiabilidad para los coches autónomos y otros sistemas críticos.

Por su parte, la española PLD Space, conocida por el desarrollo del cohete Miura 1 y sus ambiciones en el campo de los lanzadores reutilizables, ha manifestado su interés en facilitar el acceso al espacio para misiones tecnológicas que aporten soluciones a los retos de la navegación satelital y la monitorización atmosférica. Esta nueva generación de lanzadores comerciales puede acelerar la puesta en órbita de satélites dedicados a la mejora de la precisión GNSS o al estudio de la ionosfera en tiempo real, lo que beneficiaría directamente al sector de la automoción autónoma.

La carrera por un coche verdaderamente autónomo y seguro es, en buena parte, una batalla contra la incertidumbre espacial. Tanto las agencias públicas como las compañías privadas están redoblando sus esfuerzos para reducir el “impuesto espacial” que impone la ionosfera y acercar la revolución de la conducción autónoma a las calles. Pero, por ahora, cada kilómetro recorrido por un coche sin conductor lleva consigo el peaje invisible de un fenómeno natural tan antiguo como la propia Tierra.

(Fuente: SpaceNews)