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Auroras espectaculares iluminan el estrecho de Dinamarca y Canadá durante tormenta geomagnética

Auroras espectaculares iluminan el estrecho de Dinamarca y Canadá durante tormenta geomagnética

Durante el mes de febrero de 2026, el cielo nocturno sobre el estrecho de Dinamarca y el este de Canadá se vio transformado por un fenómeno natural tan bello como intrigante: una intensa exhibición de auroras boreales. Este espectáculo luminoso, que tiñó de verdes, púrpuras y rojos las noches más oscuras, fue resultado de una tormenta geomagnética de intensidad moderada que alcanzó la Tierra tras una eyección de masa coronal procedente del Sol.

El fenómeno de las auroras boreales, o luces del norte, se produce cuando partículas solares altamente energéticas chocan contra la magnetosfera terrestre. Estas partículas, principalmente electrones y protones, son canalizadas por el campo magnético de la Tierra hacia las regiones polares, donde colisionan con átomos y moléculas de la atmósfera. El resultado es una emisión de luz característica, que varía en color dependiendo de la composición de los gases atmosféricos y la altitud de la colisión. El oxígeno, por ejemplo, produce tonos verdes y rojos, mientras que el nitrógeno puede generar destellos azules y violáceos.

El episodio de febrero de 2026 fue provocado por una tormenta geomagnética clasificada como menor, pero suficiente para expandir la visibilidad de las auroras mucho más allá de los círculos polares. En esta ocasión, la actividad solar estuvo marcada por una eyección de masa coronal —una gigantesca burbuja de plasma y campo magnético expulsada por el Sol— que alcanzó la Tierra en cuestión de días. Al interactuar con el campo magnético terrestre, esta oleada de partículas energéticas desencadenó el espectáculo visual que deslumbró tanto a astrónomos profesionales como a observadores casuales en Groenlandia, Islandia, el este de Canadá y zonas próximas al Ártico.

Desde un punto de vista técnico, la predicción y monitorización de las tormentas solares es una labor en la que están involucradas tanto agencias públicas como privadas. La NASA, junto con la Agencia Espacial Europea (ESA), mantiene en órbita satélites especializados como el Solar and Heliospheric Observatory (SOHO) y el Parker Solar Probe, que permiten observar el comportamiento del Sol y anticipar posibles impactos en la Tierra. Además, empresas privadas como SpaceX, que gestiona la constelación de satélites Starlink, están muy atentas a estos fenómenos, ya que las tormentas geomagnéticas pueden afectar gravemente a las comunicaciones y a la operatividad de los satélites. De hecho, SpaceX ha tenido que reajustar en varias ocasiones las órbitas de sus satélites para minimizar los efectos de la actividad solar.

El interés en las auroras no es únicamente científico. Empresas como Virgin Galactic y Blue Origin han mostrado en los últimos años su ambición de ofrecer experiencias de turismo espacial suborbital en las que los pasajeros puedan contemplar estos fenómenos a alturas nunca antes alcanzadas. Por otro lado, la empresa española PLD Space, pionera en el desarrollo de lanzadores reutilizables en Europa, también sigue de cerca la meteorología espacial, ya que las tormentas solares pueden obligar a modificar las ventanas de lanzamiento y los planes de recuperación de sus cohetes.

El estudio detallado de las auroras también tiene implicaciones para la exploración de exoplanetas. Los investigadores han observado que la presencia y las características de las auroras en planetas de otros sistemas solares pueden ofrecer pistas sobre la existencia de campos magnéticos, atmósferas y actividad solar en esos mundos, lo que resulta fundamental a la hora de evaluar su habitabilidad potencial.

Por otro lado, la historia de la observación de las auroras está plagada de anécdotas y leyendas. Desde tiempos antiguos, pueblos como los vikingos, los inuit o los lapones han interpretado las luces del norte como señales divinas, presagios o manifestaciones de fuerzas sobrenaturales. Sin embargo, no fue hasta el siglo XIX cuando el físico noruego Kristian Birkeland propuso la teoría científica moderna sobre la relación entre las auroras y la actividad solar, sentando las bases para la investigación actual.

En febrero de 2026, esta conjunción de ciencia, tecnología y cultura volvió a hacerse patente en los cielos del hemisferio norte. Las imágenes recogidas por satélites, estaciones meteorológicas y miles de aficionados han quedado ya como testimonio de un fenómeno que, aunque resultado de fuerzas cósmicas, sigue despertando asombro y admiración entre los habitantes de la Tierra.

Las auroras boreales de este año han recordado la importancia de una vigilancia constante del espacio para proteger tanto nuestras infraestructuras tecnológicas como para seguir maravillándonos con los misterios del universo. (Fuente: NASA)