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El futuro del SLS de la NASA en entredicho: ¿puede sobrevivir el cohete más caro del mundo?

El futuro del SLS de la NASA en entredicho: ¿puede sobrevivir el cohete más caro del mundo?

La NASA lleva años tratando de consolidar el Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS, por sus siglas en inglés) como el pilar de su programa de exploración lunar Artemis. Sin embargo, la frecuencia de lanzamientos prevista, una vez cada tres años y medio, plantea serias dudas sobre la viabilidad y sostenibilidad del cohete más costoso jamás construido. Mientras tanto, empresas privadas como SpaceX y Blue Origin avanzan a pasos agigantados con tecnologías más flexibles y reutilizables, poniendo en cuestión el modelo tradicional de grandes lanzadores estatales.

El SLS nació como respuesta a la cancelación del programa Constellation en 2010, con el objetivo de dotar a Estados Unidos de una capacidad de lanzamiento pesado para misiones más allá de la órbita baja terrestre, especialmente el retorno a la Luna. Diseñado para transportar la nave Orión y grandes cargas, el SLS destaca por su inmenso empuje: la versión Block 1 cuenta con cuatro motores RS-25 y dos cohetes sólidos laterales, capaces de generar un empuje total de 39 meganewtons en el despegue. Es, sin duda, uno de los cohetes más potentes jamás concebidos.

Sin embargo, este poderío técnico viene acompañado de un coste astronómico. Cada lanzamiento del SLS se estima en más de 4.000 millones de dólares, una cifra que contrasta con los aproximadamente 60 millones de dólares que cuesta un Falcon 9 de SpaceX, o incluso los cerca de 100-150 millones que podría costar el futuro New Glenn de Blue Origin. Además, a diferencia de sus rivales privados, el SLS es completamente desechable: tras cada vuelo, todos los componentes principales se pierden en el océano o se destruyen durante la reentrada.

La baja cadencia de lanzamientos, uno cada tres años y medio según la planificación actual, es una de las principales críticas que recibe el programa. Los expertos advierten que mantener una infraestructura industrial tan costosa y compleja para fabricar un cohete que vuela tan esporádicamente no solo es ineficiente, sino que pone en peligro la retención de talento y la continuidad de la cadena de suministros. «No se puede pretender que el SLS sea competitivo o sostenible con una frecuencia de lanzamiento tan baja», advierten desde sectores de la industria aeroespacial.

Mientras tanto, SpaceX sigue rompiendo récords con el Falcon 9, el único cohete actualmente operativo capaz de aterrizar y reutilizar su primera etapa de forma rutinaria. En 2023 batió su propia marca con más de 60 lanzamientos en un solo año, y el desarrollo del gigantesco Starship avanza, pese a los contratiempos iniciales. Starship, que será completamente reutilizable y podrá transportar más de 100 toneladas a la órbita baja, está llamado a transformar la economía de lanzamientos al reducir drásticamente los costes por kilogramo y aumentar la frecuencia de misiones.

Por su parte, Blue Origin ultima los preparativos para el primer vuelo orbital del New Glenn, su cohete de nueva generación, también parcialmente reutilizable y con capacidad para cargas pesadas. Virgin Galactic, aunque centrada en el turismo suborbital, ha demostrado el potencial de la colaboración público-privada en el sector espacial. En Europa, la española PLD Space ha realizado exitosos vuelos de prueba con su cohete MIURA 1 y prepara el salto al MIURA 5, consolidándose como referente en el sector de microlanzadores.

La NASA, consciente de la presión, ha empezado a explorar alternativas. Ya ha firmado contratos con SpaceX para el transporte de astronautas a la Estación Espacial Internacional y para desarrollar el módulo lunar de Artemis utilizando Starship. La agencia también está evaluando el papel que podrían jugar los lanzadores comerciales en futuras misiones más allá de la Luna, como la exploración de Marte o el envío de grandes telescopios espaciales.

Mientras tanto, la exploración de exoplanetas sigue avanzando con telescopios como el James Webb, que funciona desde el punto de Lagrange L2, a 1,5 millones de kilómetros de la Tierra. La búsqueda de mundos habitables fuera del Sistema Solar se ha convertido en una de las principales prioridades de las agencias espaciales públicas y privadas, con misiones como la europea ARIEL y la estadounidense Roman Space Telescope en desarrollo.

El debate sobre el futuro del SLS está más vivo que nunca. Si la NASA no logra aumentar la cadencia de lanzamientos o reducir drásticamente los costes, el cohete podría quedar relegado a un papel testimonial, superado por la versatilidad y eficiencia de los proyectos privados. El paradigma de la carrera espacial ha cambiado: la colaboración entre agencias públicas y empresas privadas es cada vez más estrecha y parece inevitable que los grandes lanzadores gubernamentales, como el SLS, deban adaptarse o arriesgarse a la obsolescencia.

Así, la cuestión de fondo no es solo técnica o presupuestaria, sino estratégica: ¿puede el SLS, con su modelo de megacohete caro y poco frecuente, seguir teniendo sentido en una era dominada por la innovación y la reutilización? El tiempo lo dirá, pero la competencia nunca ha sido tan feroz en el espacio como ahora.

(Fuente: Arstechnica)