El Hubble capta por primera vez colisiones catastróficas en sistemas planetarios lejanos

En un hallazgo que recuerda a los turbulentos comienzos de nuestro propio sistema solar, el telescopio espacial Hubble de la NASA ha conseguido por primera vez imágenes directas de colisiones violentas entre objetos planetarios en sistemas solares jóvenes. Esta observación histórica permite a los científicos asomarse a los procesos caóticos que forjaron planetas como la Tierra hace más de 4.500 millones de años, aportando pistas cruciales sobre la formación de mundos en toda la galaxia.
Las primeras épocas de nuestro sistema solar se comparan a menudo con un gigantesco juego de “coches de choque” cósmicos. En ese periodo, grandes cantidades de planetesimales —cuerpos sólidos primitivos, precursores de los planetas— compartían órbitas congestionadas junto a asteroides y cometas. Estos objetos colisionaban regularmente, generando enormes cantidades de escombros que impactaban tanto a la Tierra como a la Luna y los demás planetas interiores. Se cree, de hecho, que la propia Luna se originó a raíz de uno de estos eventos colosales: la colisión de un cuerpo del tamaño de Marte contra la Tierra primigenia.
Ahora, gracias a la alta resolución del Hubble, los astrónomos han podido observar colisiones similares en sistemas planetarios lejanos, confirmando que estos procesos siguen siendo habituales en el universo. En concreto, el instrumento ha detectado discos de polvo y escombros alrededor de estrellas jóvenes, signos inequívocos de recientes choques entre cuerpos de tamaño planetario.
Estos discos, conocidos como discos de escombros, son análogos a los cinturones de asteroides y cometas de nuestro propio sistema solar, pero mucho más masivos y activos. El polvo generado por las colisiones se dispersa rápidamente, por lo que la presencia de grandes cantidades de dicho material indica que el sistema está experimentando una fase especialmente violenta y dinámica de su evolución.
El Hubble ha identificado varios de estos discos alrededor de estrellas jóvenes situadas a decenas de años luz de la Tierra, entre ellas sistemas que podrían albergar planetas en formación. En algunos casos, los astrónomos han observado estructuras asimétricas y vacíos dentro del polvo, huellas claras del paso reciente de cuerpos masivos y de la influencia gravitatoria de planetas recién nacidos.
Este tipo de investigaciones resulta fundamental para comprender cómo se forman y evolucionan los sistemas planetarios. Hasta hace muy poco, la formación de planetas era una hipótesis respaldada únicamente por modelos teóricos y por la historia geológica de la Tierra y la Luna. Sin embargo, la detección directa de estos procesos en otros sistemas solares proporciona una validación empírica sin precedentes.
El interés por los exoplanetas —planetas que orbitan otras estrellas— ha crecido exponencialmente en la última década, impulsado por misiones como Kepler y TESS, capaces de identificar miles de mundos más allá del sistema solar. Sin embargo, la observación directa de los procesos de formación y destrucción planetaria es mucho más compleja y estaba fuera del alcance de los telescopios terrestres. El Hubble, en órbita desde 1990 y con varias actualizaciones a sus espaldas, sigue siendo una herramienta insustituible para este tipo de investigaciones gracias a su capacidad para captar detalles finísimos en luz visible e infrarroja.
La comprensión de estas colisiones no sólo tiene un interés académico, sino que también ayuda a contextualizar los hallazgos de otras agencias espaciales y empresas privadas. Por ejemplo, SpaceX y Blue Origin, líderes en el desarrollo de tecnología espacial privada, han mostrado interés en el estudio de asteroides y cometas, tanto por su valor científico como por su potencial para la minería de recursos en el futuro. Por su parte, la española PLD Space, pionera en lanzamientos suborbitales en Europa, se beneficia de los datos astrofísicos para planificar misiones científicas y tecnológicas en el entorno cercano a la Tierra.
Asimismo, los hallazgos del Hubble se complementan con las observaciones del telescopio espacial James Webb, que ya ha detectado atmósferas en exoplanetas y está preparado para estudiar con mayor detalle la composición de los discos de escombros. La colaboración internacional, incluyendo a la Agencia Espacial Europea (ESA) y a otras organizaciones públicas y privadas, sigue siendo clave para avanzar en la exploración y el conocimiento del cosmos.
Con cada nueva imagen, el Hubble nos recuerda que el universo es un escenario en constante cambio, donde los mundos nacen, colisionan y evolucionan en ciclos que se repiten a lo largo de miles de millones de años. Las colisiones observadas ahora en estrellas lejanas nos ofrecen una ventana al pasado y, al mismo tiempo, nos ayudan a entender el futuro de nuestro propio sistema planetario.
En definitiva, estas observaciones marcan un hito en la historia de la astronomía y refuerzan la importancia de continuar invirtiendo en la exploración y el estudio del espacio, tanto desde el ámbito público como privado. El cosmos sigue siendo un laboratorio inagotable para la ciencia y la tecnología, y cada descubrimiento nos acerca un poco más a comprender nuestro lugar en el universo.
(Fuente: NASA)
