El ojo cósmico: cómo la atmósfera distorsiona la visión del universo y el papel revolucionario de los telescopios espaciales

Desde la antigüedad, la humanidad ha contemplado el cielo nocturno con asombro y curiosidad, buscando descifrar los misterios de los astros. Sin embargo, aunque nuestros ojos y telescopios terrestres nos han permitido admirar la belleza del cosmos, la atmósfera terrestre ha supuesto siempre un obstáculo casi insalvable para la observación astronómica de alta precisión. Esta capa gaseosa que envuelve nuestro planeta, vital para la vida, actúa ante la luz cósmica como una especie de cristal viejo y defectuoso: distorsiona, difumina y filtra la información que nos llega desde las profundidades del universo.
La analogía más certera para describir este fenómeno la ofreció la astrónoma pionera Nancy Grace Roman, quien comparó la observación astronómica a través de la atmósfera con mirar el mundo exterior a través de un vitral antiguo. Las imperfecciones del cristal distorsionan las imágenes, y si este cristal, además, estuviera en constante movimiento, la visión sería aún más borrosa. Así ocurre con la atmósfera terrestre: sus turbulencias, variaciones de temperatura y densidad, y la presencia de nubes y contaminantes, provocan la denominada “seeing” o turbulencia atmosférica, responsable de que las estrellas titilen y las imágenes astronómicas se vean desenfocadas.
Además, la atmósfera no solo distorsiona las imágenes, sino que también actúa como un filtro selectivo. La luz visible atraviesa en gran medida la atmósfera, pero otras frecuencias, como gran parte del ultravioleta o el infrarrojo, son absorbidas o dispersadas, imposibilitando su estudio desde la superficie terrestre. Por esta razón, muchas facetas del universo permanecieron ocultas hasta la llegada de los telescopios espaciales.
El lanzamiento del telescopio espacial Hubble en 1990 marcó un antes y un después en la exploración astronómica. Capaz de observar más allá de las limitaciones atmosféricas, el Hubble ha proporcionado imágenes nítidas y detalladas de galaxias lejanas, nebulosas y exoplanetas, permitiendo avances científicos de incalculable valor. Su sucesor, el telescopio espacial James Webb, lanzado en 2021 por la NASA en colaboración con la ESA y la Agencia Espacial Canadiense, ha expandido aún más nuestro horizonte de observación, especialmente en el rango infrarrojo, revelando estructuras cósmicas nunca antes vistas.
Las agencias espaciales, tanto públicas como privadas, han comprendido la importancia de superar las barreras impuestas por la atmósfera. SpaceX, la compañía liderada por Elon Musk, no solo se ha posicionado como un referente en el lanzamiento de satélites y misiones tripuladas, sino que también colabora activamente en el despliegue de telescopios y observatorios espaciales, facilitando el acceso de la humanidad a una visión más pura y precisa del cosmos. Blue Origin, fundada por Jeff Bezos, también ha manifestado su interés en la investigación científica y la exploración espacial, con proyectos que podrían incluir en el futuro infraestructuras para telescopios orbitales.
En el ámbito europeo, la empresa española PLD Space ha realizado importantes avances en el desarrollo de cohetes reutilizables, como el Miura 1, que permiten poner en órbita cargas científicas y tecnológicas con un coste reducido. Este tipo de iniciativas privadas promete democratizar y multiplicar las oportunidades para la investigación astronómica desde el espacio.
Virgin Galactic, por su parte, ha comenzado a ofrecer vuelos suborbitales para turistas y científicos, abriendo la puerta a experimentos y observaciones breves fuera del alcance de la atmósfera densa, lo que podría ser útil para determinadas investigaciones en el futuro próximo.
El estudio de exoplanetas, uno de los campos más apasionantes de la astrofísica actual, se ha visto especialmente beneficiado por la observación desde el espacio. Misiones como Kepler y TESS han identificado miles de mundos orbitando otras estrellas, muchos de ellos potencialmente habitables, gracias a la ausencia de distorsión atmosférica y a la capacidad de captar variaciones de brillo extremadamente sutiles.
En definitiva, la atmósfera terrestre, aunque esencial para la vida, ha sido siempre un desafío para la astronomía. Gracias al ingenio humano y a la colaboración entre organismos públicos y privados, hemos logrado sortear ese «cristal defectuoso» y asomarnos al universo con una claridad sin precedentes, desvelando secretos que antes solo podíamos imaginar. El futuro de la exploración cósmica pasa, sin duda, por la expansión de nuestras capacidades más allá de la atmósfera, y cada nuevo avance nos acerca un poco más a comprender nuestro lugar en el vasto cosmos.
(Fuente: NASA)
