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El telescopio James Webb desvela el misterio de los cristales calientes en cometas helados

El telescopio James Webb desvela el misterio de los cristales calientes en cometas helados

Durante décadas, los astrónomos se han preguntado cómo es posible que los cometas más lejanos de nuestro sistema solar, formados en regiones extremadamente frías como el Cinturón de Kuiper y la Nube de Oort, contengan en su interior silicatos cristalinos. Este tipo de minerales requieren temperaturas elevadas —superiores a los 1.000 grados Celsius— para formarse, condiciones que parecen inconcebibles en los confines helados donde residen estos «sucios bloques de hielo». Ahora, gracias a los últimos resultados obtenidos por el telescopio espacial James Webb de la NASA, la ciencia cuenta con nuevas pistas que podrían resolver este enigma que ha intrigado a generaciones de investigadores.

El hallazgo se produjo durante la observación de discos protoplanetarios en sistemas estelares jóvenes fuera de nuestro sistema solar. El James Webb, con su capacidad infrarroja sin precedentes, permitió analizar la composición química de estos discos, donde se forman planetas, asteroides y cometas. Para sorpresa de los científicos, los datos mostraron la presencia clara de silicatos cristalinos en regiones extremadamente alejadas de la estrella central, a temperaturas muy por debajo del punto de fusión de estos materiales.

Estos resultados refuerzan la hipótesis de que, en las primeras etapas de formación de un sistema planetario, los procesos dinámicos y energéticos pueden transportar materiales a grandes distancias. En la nebulosa solar primitiva, intensos vientos, ondas de choque y fenómenos de acreción podrían haber arrastrado materiales calientes desde el interior hacia las regiones externas, donde posteriormente se enfriaron y quedaron atrapados en los cometas. Este mecanismo de transporte radial explica cómo los cristales calientes pueden terminar incorporados en cuerpos que pasan la mayor parte de su existencia en un ambiente gélido, a miles de millones de kilómetros del Sol.

La investigación liderada por el equipo internacional de astrónomos ha sido posible gracias a los avanzados instrumentos del James Webb, en particular su espectrógrafo de infrarrojo medio (MIRI). Este dispositivo permite identificar la «huella dactilar» espectral de los minerales presentes en los discos, diferenciando claramente los silicatos amorfos, formados en condiciones frías, de los cristalinos, que requieren calor. Según los análisis, los cristales detectados fuera del sistema solar son muy similares a los hallados en muestras traídas por misiones como Stardust, que estudió el cometa Wild 2, y a los observados en meteoritos y polvo interplanetario.

Este descubrimiento no sólo ayuda a comprender la formación de los cometas, sino que aporta información valiosa sobre la evolución temprana de los sistemas planetarios, incluida la historia de nuestro propio sistema solar. La presencia de silicatos cristalinos en regiones frías sugiere que los procesos de mezcla y transporte de materiales en la nebulosa solar fueron mucho más intensos y complejos de lo que se pensaba. Esto tiene implicaciones directas en la teoría de formación planetaria y en la posible distribución de compuestos orgánicos y agua, elementos clave para el desarrollo de la vida.

Mientras la NASA celebra este avance, otras agencias y empresas del sector espacial también siguen ampliando fronteras en la exploración y el conocimiento del universo. SpaceX, por ejemplo, continúa su ambicioso programa de lanzamientos con el objetivo de democratizar el acceso al espacio y avanzar en su misión de llevar humanos a Marte. En Europa, la española PLD Space ultima los preparativos para nuevos vuelos de su micro-lanzador Miura 1, consolidando su papel como referente en la industria aeroespacial privada. Por su parte, Blue Origin y Virgin Galactic exploran el turismo espacial y el desarrollo de tecnologías reutilizables, marcando el comienzo de una nueva era en la carrera espacial.

En paralelo, la búsqueda de exoplanetas habitables se intensifica con la ayuda de telescopios como el James Webb, que ya ha identificado atmósferas complejas en mundos distantes y ha detectado moléculas potencialmente indicativas de vida. El estudio de discos protoplanetarios y de la química de los cometas es fundamental para comprender la diversidad de sistemas planetarios y evaluar las posibilidades de vida más allá de la Tierra.

En definitiva, el avance logrado gracias al James Webb supone un paso crucial en la resolución de uno de los grandes misterios de la cosmogénesis: la presencia de minerales calientes en los confines más gélidos del sistema solar. Este descubrimiento no sólo amplía nuestro conocimiento sobre el origen de los cometas, sino que sienta las bases para futuras investigaciones sobre la formación y evolución de planetas y sistemas solares.

(Fuente: NASA)