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El telescopio James Webb desvela el misterio de los cristales en los confines del sistema solar

El telescopio James Webb desvela el misterio de los cristales en los confines del sistema solar

En una imagen sin precedentes publicada el 21 de enero de 2026, la Cámara de Infrarrojo Cercano (NIRCam) del telescopio espacial James Webb ha capturado el nacimiento de una protoestrella, EC 53, situada en la Nebulosa de Serpens. Esta observación no solo es un hito en la astronomía moderna por su altísima resolución, sino que aporta pistas decisivas sobre un enigma que ha intrigado a los científicos durante décadas: la existencia de silicatos cristalinos en los cometas que orbitan en los márgenes más lejanos de nuestro sistema solar.

Los cometas, esos viajeros helados que surcan la periferia del sistema solar en regiones como la Nube de Oort y el Cinturón de Kuiper, han mostrado en sus espectros la presencia de silicatos en forma cristalina. Este hecho es sorprendente, ya que la formación de cristales requiere temperaturas superiores a los 1.000 grados Celsius, condiciones que parecen imposibles en las zonas frías y remotas donde residen estos cuerpos. Hasta ahora, la comunidad científica solo había podido especular sobre los mecanismos capaces de transportar o generar estos cristales en regiones tan gélidas.

El James Webb, que desde 2022 lidera la exploración del cosmos infrarrojo, ha dirigido su mirada hacia la Nebulosa de Serpens, un vivero estelar situado a unos 1.300 años luz de la Tierra. Allí, la NIRCam ha logrado captar con detalle la protoestrella EC 53, un objeto envuelto en polvo y gas, en pleno proceso de formación. Las imágenes revelan la presencia de chorros energéticos y ondas de choque, características de los sistemas estelares jóvenes, así como un disco protoplanetario rico en materiales que posteriormente pueden formar planetas, lunas y cometas.

El análisis espectroscópico de la luz procedente de este entorno ha detectado firmas claras de silicatos cristalinos. Este hallazgo respalda la hipótesis de que, cerca de estrellas jóvenes, el intenso calor generado por la acreción de material y las explosiones periódicas conocidas como “estallidos de acreción” pueden transformar los granos de polvo amorfo en estructuras cristalinas. Posteriormente, potentes vientos estelares y turbulencias en el disco protoplanetario pueden transportar estos cristales hacia regiones más alejadas y frías, donde finalmente se incorporan a cuerpos helados como los cometas.

La importancia de este descubrimiento radica en que ofrece una explicación física y observacional, por primera vez documentada con imágenes y espectros directos, a un fenómeno detectado en muestras de cometas analizadas tanto por misiones espaciales de la NASA como por la Agencia Espacial Europea (ESA), como Stardust o Rosetta. En ambos casos, los análisis de polvo cometario confirmaron la presencia de cristales, pero el origen de los mismos seguía siendo un misterio.

El avance marca un hito en la comprensión de los procesos de formación planetaria y la evolución química de los sistemas solares. Además, tiene implicaciones para el estudio de exoplanetas, ya que la composición de los discos protoplanetarios determina la diversidad de mundos que pueden formarse alrededor de otras estrellas. Las observaciones del James Webb, en combinación con los datos recogidos por telescopios como el Hubble y misiones futuras como la europea ARIEL, permiten a los astrónomos reconstruir el ciclo completo de la materia en el cosmos, desde las nubes interestelares hasta la formación de planetas y cometas.

Este avance se suma a una serie de logros recientes en la exploración espacial. Mientras empresas privadas como SpaceX y Blue Origin continúan impulsando la reutilización de cohetes y el turismo espacial, y la NASA prepara el regreso de astronautas a la Luna con el programa Artemis, el James Webb sigue ampliando los límites del conocimiento científico. Por su parte, iniciativas europeas como la española PLD Space avanzan en el desarrollo de lanzadores reutilizables y la ESA intensifica la búsqueda de exoplanetas habitables, consolidando una era de oro para la investigación espacial tanto pública como privada.

En definitiva, la imagen de la protoestrella EC 53 no solo es una joya visual, sino una clave fundamental para entender el origen de los componentes básicos de nuestro sistema solar y, quizás, de la vida misma. El telescopio James Webb confirma así su papel como herramienta imprescindible para descifrar los secretos más profundos del universo.

(Fuente: NASA)