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Una tormenta histórica cubre de nieve la Costa Este de EE.UU. en enero de 2026

Una tormenta histórica cubre de nieve la Costa Este de EE.UU. en enero de 2026

A finales de enero de 2026, la Costa Este de Estados Unidos vivió un episodio meteorológico sin precedentes cuando una potente tormenta cargada de humedad arrojó intensas nevadas a lo largo de casi todo el estado, desde la cadena montañosa de los Apalaches hasta la misma orilla del Atlántico. El fenómeno, que sorprendió tanto a meteorólogos como a la población, dejó paisajes inusualmente blancos en regiones poco acostumbradas a este tipo de situaciones extremas.

La magnitud del temporal recordó a las históricas “blizzard” del pasado siglo, pero con una distribución y volumen de precipitaciones que superaron las previsiones iniciales. Los modelos de predicción numérica del tiempo, gestionados por la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA), ya venían advirtiendo de la posible formación de un sistema de baja presión especialmente vigoroso, capaz de captar enormes cantidades de vapor de agua procedente del Golfo de México y transportarlas hacia el noreste del país.

El resultado fue una “bomba meteorológica”, término utilizado para describir una ciclogénesis explosiva que intensifica rápidamente los vientos y la precipitación. A diferencia de otras tormentas invernales, esta vez el frente frío se extendió de forma uniforme desde los Apalaches hasta la costa atlántica, depositando una gruesa capa de nieve incluso en ciudades portuarias y localidades de clima templado, donde lo habitual son las lluvias invernales y no las nevadas copiosas.

El impacto de la tormenta fue inmediato y de gran alcance: miles de vuelos cancelados en los principales aeropuertos de la región, interrupciones en el suministro eléctrico y el cierre de colegios y administraciones públicas durante varios días. Las autoridades federales y estatales desplegaron recursos de emergencia para garantizar el acceso a servicios esenciales y proporcionar refugio a quienes lo necesitaron. En ciudades como Raleigh, Richmond o incluso Atlanta, donde la nieve suele ser un fenómeno esporádico, la acumulación superó los 20 centímetros en menos de 24 horas.

Desde el punto de vista técnico, este tipo de tormentas invernales se produce cuando confluyen varios factores: un potente chorro polar en altura, masas de aire frío de origen ártico deslizándose hacia el sur, y un aporte masivo de humedad cálida desde latitudes más bajas. En esta ocasión, la interacción entre el Atlántico y el Golfo de México alimentó el sistema con una energía inusual, generando precipitaciones en forma de nieve muy húmeda y pesada, lo que incrementó el riesgo de caída de árboles y daños en infraestructuras.

La comunidad científica ha señalado la posible influencia del cambio climático en la intensificación y frecuencia de estos eventos extremos. El aumento de la temperatura global provoca una mayor evaporación y, por tanto, una atmósfera más cargada de humedad disponible para las tormentas. Aunque la tendencia general es hacia inviernos más cálidos, las oscilaciones climáticas pueden acentuar episodios de frío y nieve intensos en determinadas regiones, como ha sido el caso en este enero de 2026.

La tormenta también ha generado un interés renovado en el uso de satélites meteorológicos de última generación, como los de la NASA y la NOAA, capaces de monitorizar en tiempo real la evolución de los sistemas nubosos y proporcionar alertas tempranas a la población. La NASA, en colaboración con agencias internacionales, ha puesto en marcha recientemente el programa de observación terrestre Earth System Observatory, que permitirá mejorar la precisión de las predicciones y la gestión de emergencias asociadas a fenómenos climáticos extremos.

Más allá del impacto inmediato, este episodio de nieve masiva servirá como caso de estudio para los meteorólogos y climatólogos de todo el mundo, que buscan comprender mejor la dinámica de las grandes tormentas y su relación con los patrones atmosféricos globales. En paralelo, ingenieros y empresas tecnológicas trabajan en el desarrollo de nuevas herramientas basadas en inteligencia artificial para anticipar estas situaciones y minimizar sus efectos sobre la sociedad.

En definitiva, la tormenta de enero de 2026 ha puesto de manifiesto la vulnerabilidad de las infraestructuras y la importancia de la ciencia y la tecnología para adaptarse a un clima cada vez más impredecible. La coordinación entre agencias, la inversión en sistemas de alerta y la educación ciudadana serán claves para afrontar los retos futuros.

(Fuente: NASA)