El avance imparable de la selva sobre el cosmódromo de Kourou: el legado dejado por Rusia tras la invasión de Ucrania

En el corazón de la Guayana Francesa, la densa selva avanza sin piedad sobre unas instalaciones que antaño representaron la vanguardia de la cooperación espacial internacional. Allí, en el Centro Espacial de Kourou, aún permanece colgado un cartel en ruso que reza “Peligro de muerte. Trabajos en curso”, testimonio silencioso del abrupto final de una era: la retirada de Rusia y sus cohetes Soyuz tras la invasión de Ucrania en febrero de 2022.
Durante más de una década, el cosmódromo de Kourou fue escenario de lanzamientos conjuntos entre la Agencia Espacial Europea (ESA) y la agencia espacial rusa Roscosmos. El acuerdo permitía a Europa disponer de una opción adicional para poner en órbita satélites, complementando los cohetes Ariane y Vega con la robustez y fiabilidad probada del Soyuz, un lanzador nacido en los años 60 en plena carrera espacial soviética. Desde su primer despegue en Kourou en 2011, el Soyuz permitió el envío de satélites Galileo, Sentinel y de telecomunicaciones a órbitas medias y altas, aprovechando la localización ecuatorial del puerto espacial europeo para maximizar la eficiencia de los lanzamientos.
Sin embargo, la invasión rusa de Ucrania supuso un punto de inflexión. La respuesta de la Unión Europea, que incluyó sanciones económicas y restricciones a la cooperación tecnológica, llevó a Moscú a suspender de inmediato sus actividades en Kourou. El personal ruso abandonó las instalaciones de forma precipitada y los lanzadores listos para su ensamblaje quedaron abandonados a merced de la humedad tropical. Desde entonces, la naturaleza ha ido recuperando el terreno: la vegetación cubre las plataformas y la corrosión avanza sobre las estructuras metálicas.
El vacío dejado por el Soyuz evidenció la vulnerabilidad de la industria espacial europea. La retirada coincidió con los retrasos en el desarrollo del Ariane 6, el cohete de nueva generación de Arianespace que debía sustituir al veterano Ariane 5. Como resultado, la ESA y sus clientes se han visto obligados a buscar alternativas en el mercado internacional, recurriendo en ocasiones a lanzadores estadounidenses como Falcon 9 de SpaceX, que ha consolidado su hegemonía como proveedor global de servicios de lanzamiento gracias a la reutilización de sus cohetes y una cadencia de vuelos nunca vista.
La situación ha acelerado el debate sobre la soberanía espacial europea. Josep Aschbacher, director general de la ESA, ha insistido en la necesidad de no depender de terceros países para el acceso al espacio. En este contexto, empresas emergentes como la española PLD Space han cobrado protagonismo. Su cohete Miura 1, lanzado con éxito en 2023 desde Huelva, simboliza la apuesta por consolidar un sector de lanzadores ligeros en Europa y contribuir a la autonomía tecnológica del continente.
Mientras tanto, otras potencias espaciales han aprovechado la coyuntura para acelerar sus propios proyectos. Estados Unidos mantiene su liderazgo gracias a la pujanza de empresas privadas como SpaceX y Blue Origin. SpaceX, liderada por Elon Musk, ha superado este año los 100 lanzamientos orbitales, impulsando no solo satélites comerciales, sino también misiones científicas y de exploración interplanetaria. Blue Origin, por su parte, ultima los preparativos para las primeras misiones orbitales de su lanzador New Glenn, que promete competir directamente con Falcon 9 y Falcon Heavy.
Tampoco la exploración científica se detiene. La NASA avanza en la búsqueda de exoplanetas habitables con misiones como TESS y la próxima puesta en marcha del telescopio espacial Roman, mientras la colaboración internacional sigue siendo la clave para el éxito de proyectos como la Estación Espacial Internacional, pese a las tensiones políticas.
Virgin Galactic, tras superar varios desafíos técnicos, ha retomado los vuelos suborbitales turísticos con su nave SpaceShipTwo, marcando un hito en el incipiente turismo espacial. El sector privado, con sus proyectos audaces y su capacidad de innovación, está transformando el panorama espacial global, aunque la cooperación entre agencias públicas sigue siendo vital en áreas como la ciencia y la exploración profunda.
El futuro del cosmódromo de Kourou y de la plataforma del Soyuz es incierto. La ESA estudia cómo reutilizar las instalaciones, pero el coste de adaptación y el deterioro causado por la selva dificultan una recuperación rápida. La retirada rusa ha dejado una huella palpable, no solo en la infraestructura física sino también en la estrategia europea para el acceso al espacio.
La historia del cartel en ruso, colgado en una oficina ahora invadida por la vegetación tropical, es el símbolo de una etapa que se cerró abruptamente bajo la presión de la geopolítica. El desafío para Europa, y para el sector espacial global, es mantener el impulso de la exploración y la autonomía tecnológica en un mundo cada vez más competitivo y fragmentado.
(Fuente: SpaceDaily)
