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El coloso submarino de Tonga: así cambió la atmósfera el volcán que sorprendió al mundo

El coloso submarino de Tonga: así cambió la atmósfera el volcán que sorprendió al mundo

En enero de 2022, una violenta erupción sacudió el remoto volcán submarino Hunga Tonga-Hunga Ha’apai, en el corazón del Pacífico Sur. Ahora, un exhaustivo informe internacional arroja luz sobre el alcance real de aquel evento, desvelando cómo alteró la estratósfera, la química atmosférica y el equilibrio radiativo del planeta, aunque su impacto en el clima superficial y el agujero de ozono antártico resultó ser mucho menor de lo que algunos temían.

El informe, publicado bajo los auspicios del programa “Atmospheric Processes and their Role in Climate” (APARC), reúne datos de decenas de satélites, globos estratosféricos y estaciones meteorológicas, junto con simulaciones avanzadas. Sus conclusiones ayudan a contextualizar esta erupción en la historia reciente y ofrecen nuevas pistas sobre la interacción entre grandes eventos volcánicos y el sistema climático global.

Un pulso de agua y cenizas hacia la estratósfera

La erupción del Hunga Tonga-Hunga Ha’apai fue excepcional no sólo por su potencia —una de las mayores del siglo XXI—, sino por la enorme cantidad de vapor de agua, cenizas y gases volcánicos que inyectó en la atmósfera superior. A diferencia de otros volcanes históricos como el Pinatubo (1991) o el Krakatoa (1883), que liberaron principalmente dióxido de azufre y partículas capaces de enfriar el planeta, el Hunga Tonga disparó a la estratósfera hasta 146 teragramos de vapor de agua, según estimaciones de la NASA y la ESA.

Este pulso de vapor de agua, un potente gas de efecto invernadero, se elevó a más de 55 kilómetros de altitud, estableciendo un récord desde que existen observaciones modernas. Sin embargo, y a pesar de la espectacularidad de las imágenes satelitales y las perturbaciones en la atmósfera superior, el informe APARC concluye que el impacto en la temperatura global de superficie y en el agujero de ozono antártico ha sido mucho más limitado que el de otras grandes erupciones.

La razón: el Hunga Tonga emitió relativamente poco dióxido de azufre, el ingrediente clave para la formación de aerosoles de sulfato, que reflejan la luz solar y enfrían la Tierra. En este caso, el efecto neto ha sido un ligero aumento temporal del calentamiento estratosférico, pero sin consecuencias duraderas para el clima global.

Ondas de choque y química atmosférica

Las consecuencias inmediatas de la erupción no se limitaron al vapor de agua. El Hunga Tonga también generó una onda de choque que dio la vuelta al globo varias veces, y liberó pequeñas cantidades de gases halogenados y compuestos nitrogenados. Estos productos químicos, en interacción con el vapor de agua, han modificado transitoriamente la química de la estratósfera, pero, según el informe, no han provocado un aumento significativo del agujero de ozono antártico.

De hecho, el documento señala que, aunque se observaron anomalías temporales en la distribución del ozono, el sistema atmosférico mostró una notable capacidad de autorregulación, devolviendo los niveles a la normalidad en pocos meses. Esta resiliencia contrasta con el daño prolongado causado por los clorofluorocarbonos (CFCs) de origen humano y otras grandes erupciones ricas en azufre durante el siglo XX.

Vigilancia espacial y modelos climáticos: el papel de las nuevas tecnologías

El análisis del impacto del Hunga Tonga ha sido posible gracias a la colaboración internacional y a la red de satélites de observación terrestre, un campo donde agencias como la NASA, la ESA y la japonesa JAXA han jugado un papel fundamental. Instrumentos a bordo de satélites como el Aura, el Sentinel-5P y el Suomi NPP han permitido monitorizar en tiempo real columnas de vapor de agua, partículas y gases a diferentes alturas, mientras que misiones privadas, como las de Planet Labs o Spire Global, han complementado la vigilancia con imágenes y datos de alta frecuencia.

La interpretación de estos datos ha requerido modelos climáticos avanzados, desarrollados tanto por centros públicos como privados, incluyendo superordenadores de la NOAA estadounidense, la Agencia Espacial Europea e instituciones como el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Medio Plazo (ECMWF). Esta sinergia tecnológica ha permitido comparar la erupción del Hunga Tonga con otras del pasado y anticipar cómo eventos similares podrían influir en el clima de las próximas décadas.

Lecciones para el futuro: volcanes y exploración espacial

Además del interés científico, el informe subraya la importancia de entender las perturbaciones volcánicas para la seguridad de la aviación y la exploración espacial. Compañías como SpaceX, Blue Origin y Virgin Galactic monitorizan de cerca este tipo de fenómenos, ya que la presencia de cenizas y aerosoles en la atmósfera puede afectar el lanzamiento y recuperación de cohetes, así como las condiciones de los satélites en órbita baja.

Por su parte, la española PLD Space, pionera en el desarrollo de vehículos suborbitales reutilizables, ha destacado la necesidad de incorporar modelos atmosféricos actualizados en la planificación de sus vuelos y pruebas, un ejemplo de cómo la investigación volcánica y la industria aeroespacial están cada vez más interconectadas.

El estudio del Hunga Tonga-Hunga Ha’apai constituye un recordatorio de que la Tierra y su atmósfera son sistemas dinámicos, sujetos a sorpresas de origen natural, y que sólo la cooperación internacional y el avance tecnológico nos permitirán anticipar y mitigar sus efectos en el futuro.

(Fuente: SpaceDaily)