El futuro del monitoreo climático en juego ante la pugna por el espectro entre satélites y redes móviles

El próximo año, la Conferencia Mundial de Radiocomunicaciones (WRC-25) se convertirá en el escenario de una decisión trascendental para el futuro del monitoreo ambiental por satélite. Gobiernos, organismos reguladores y actores de la industria espacial debatirán sobre el uso del espectro radioeléctrico, un recurso fundamental pero limitado, que actualmente permite a los satélites recopilar datos esenciales para entender y combatir el cambio climático. Sin embargo, la creciente demanda de bandas de frecuencia por parte de las redes móviles amenaza con restringir el acceso de los satélites a estas ondas, poniendo en riesgo la vigilancia global de la salud del planeta.
El espectro radioeléctrico es la autopista invisible por la que viajan las comunicaciones inalámbricas. Cada aplicación, desde las llamadas móviles hasta el seguimiento de tormentas desde el espacio, depende de una asignación específica de frecuencias para operar sin interferencias. Durante décadas, los satélites de observación de la Tierra han empleado bandas protegidas para captar señales débiles procedentes de la atmósfera, los océanos y la superficie terrestre. Estos datos, transmitidos por instrumentos avanzados a bordo de misiones de agencias como la NASA, la ESA o la japonesa JAXA, son esenciales para los modelos climáticos, la predicción meteorológica y la gestión de desastres naturales.
Sin embargo, la llegada de nuevas generaciones de redes móviles, especialmente el despliegue masivo del 5G y el inminente 6G, ha disparado la demanda de acceso a porciones del espectro tradicionalmente reservadas para los satélites. Operadores de telecomunicaciones y consorcios internacionales argumentan que la expansión de la conectividad móvil requiere nuevas frecuencias, incluidas algunas que coinciden con las utilizadas por los satélites meteorológicos y científicos. La Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), responsable de coordinar la asignación global del espectro, deberá mediar entre estos intereses contrapuestos durante la WRC-25.
La preocupación de la comunidad científica y espacial es clara: ceder parte de estas frecuencias a las redes móviles podría provocar interferencias que comprometan la precisión de las mediciones satelitales. Un ejemplo paradigmático es la banda de 23,8 GHz, utilizada por los radiómetros de microondas para medir la humedad atmosférica. Si se permite la entrada de servicios móviles en esa banda, los instrumentos podrían verse cegados por el ruido de fondo, dificultando la detección de señales sutiles y poniendo en peligro la capacidad de prever huracanes, sequías y otros fenómenos extremos.
Las principales agencias espaciales, como la NASA y la Agencia Espacial Europea (ESA), han advertido en reiteradas ocasiones sobre las graves consecuencias de relajar la protección de estas bandas. A través de estudios y campañas de concienciación, han subrayado que los datos obtenidos desde el espacio no sólo sirven a la ciencia, sino que son vitales para la seguridad alimentaria, la gestión del agua y la protección de vidas humanas ante catástrofes. Incluso empresas privadas como SpaceX, Blue Origin o la española PLD Space, que están impulsando una nueva generación de satélites y lanzadores, dependen de un entorno radioeléctrico estable para garantizar el éxito de sus misiones.
La pugna por el espectro no es un fenómeno nuevo, pero la aceleración de la transformación digital y la emergencia climática han agudizado el conflicto. Mientras compañías como Virgin Galactic exploran el turismo espacial y la observación de la Tierra desde alturas suborbitales, y el sector privado lanza constelaciones de nanosatélites para monitorizar el planeta en tiempo real, la presión sobre el espectro se ha vuelto crítica. Incluso la búsqueda de exoplanetas y el rastreo de señales débiles fuera del sistema solar pueden verse afectados si las interferencias aumentan.
El debate en la WRC-25 no solo será técnico, sino también político y económico. Los países en desarrollo, que dependen en gran medida de satélites internacionales para la vigilancia ambiental, podrían ser los más perjudicados por una reducción del acceso al espectro. Por otro lado, el impulso a la digitalización y la conectividad móvil es una prioridad global que promete beneficios económicos y sociales.
La decisión que se tome en la próxima conferencia marcará un hito en la gobernanza del espacio radioeléctrico y sentará las bases para el equilibrio entre innovación tecnológica y protección del medio ambiente. Las voces de la comunidad espacial, tanto pública como privada, reclaman cautela y una evaluación rigurosa de los riesgos antes de reconfigurar el reparto del espectro. El desafío será garantizar que la revolución digital no sacrifique la capacidad de la humanidad para observar y preservar su propio planeta.
(Fuente: SpaceNews)
