El metano, el gas olvidado que impulsa el calentamiento global y preocupa a la comunidad científica

En el debate global sobre el cambio climático, el dióxido de carbono suele acaparar la atención tanto de medios de comunicación como de responsables políticos. Sin embargo, un actor menos conocido pero igualmente relevante está creciendo en importancia: el metano. Este gas, si bien es menos abundante en la atmósfera terrestre que el CO2, presenta una capacidad de retención de calor mucho mayor, lo que lo convierte en un factor clave para entender el calentamiento global contemporáneo.
El metano es responsable de aproximadamente el 30% del aumento de temperatura global desde la Revolución Industrial, según los últimos estudios internacionales. Científicos de todo el mundo, incluidos expertos de la NASA y otras agencias espaciales, llevan años monitorizando la evolución de este gas. La Agencia Espacial Europea (ESA), por ejemplo, utiliza satélites como el Sentinel-5P para medir concentraciones de metano en la atmósfera con una precisión sin precedentes. Por su parte, la NASA emplea satélites como el OCO-3 instalado en la Estación Espacial Internacional, capaces de identificar “superemisores”, es decir, lugares concretos donde se producen fugas masivas de metano, como explotaciones petrolíferas o vertederos.
Una de las grandes incógnitas que aún persisten es la variabilidad anual en la acumulación de metano. Aunque los datos muestran una tendencia al alza, los ritmos de crecimiento fluctúan de un año a otro, lo que dificulta la elaboración de modelos climáticos precisos. Los investigadores atribuyen estas variaciones a factores complejos: desde cambios en las emisiones naturales, como las áreas de humedales tropicales, hasta alteraciones provocadas por la actividad humana, como la agricultura intensiva, la ganadería y la extracción de combustibles fósiles.
En esta carrera por entender y mitigar el calentamiento global, la industria aeroespacial privada está jugando un papel cada vez más relevante. SpaceX, la empresa fundada por Elon Musk, utiliza metano líquido como combustible para sus nuevos motores Raptor, que impulsan la nave Starship. Esta elección tecnológica responde a razones de eficiencia y sostenibilidad, ya que el metano puede producirse a partir de recursos renovables en Marte, facilitando la futura exploración interplanetaria. Sin embargo, el uso de metano en cohetes plantea también nuevos retos medioambientales y obliga a la industria a extremar el control de fugas durante la producción y almacenamiento.
En Europa, la compañía española PLD Space está desarrollando el lanzador MIURA 5, cuyo motor utiliza queroseno y oxígeno líquido. Aunque el queroseno también emite CO2 y metano durante su combustión, la empresa valenciana apuesta por la reutilización de sus etapas como vía para minimizar la huella ecológica de sus lanzamientos. La Agencia Espacial Europea, mientras tanto, colabora con empresas privadas y organismos públicos para lanzar misiones dedicadas al seguimiento de gases de efecto invernadero, ampliando así la base de datos global sobre emisiones de metano.
Blue Origin, la firma de Jeff Bezos, también ha apostado por el metano como combustible para su cohete New Glenn. Esta tendencia refleja el interés creciente de la industria en tecnologías que puedan adaptarse a los desafíos de la exploración espacial a largo plazo, pero que exigen, al mismo tiempo, una gestión responsable de los recursos y emisiones en la Tierra.
Mientras tanto, la investigación sobre exoplanetas, en la que colaboran agencias como la NASA y la ESA, ha puesto el metano en el punto de mira como posible bioindicador. La detección de metano en atmósferas de planetas fuera del Sistema Solar podría, en combinación con otros gases, señalar la presencia de actividad biológica. Instrumentos como el telescopio espacial James Webb están diseñados para analizar la composición química de atmósferas exoplanetarias, abriendo nuevas vías para la búsqueda de vida más allá de nuestro planeta.
La lucha contra el cambio climático exige una acción coordinada a escala mundial, en la que la monitorización y reducción de las emisiones de metano se perfilan como prioridades urgentes. Las iniciativas de agencias espaciales, empresas privadas y organismos internacionales convergen en un objetivo común: comprender el ciclo del metano para frenar su contribución al calentamiento global. La comunidad científica insiste en que sin una reducción drástica de estas emisiones, los objetivos del Acuerdo de París serán inalcanzables.
El metano, pese a su relativa “invisibilidad” mediática, se consolida así como uno de los grandes retos del siglo XXI, tanto en la Tierra como en la futura exploración del espacio. El compromiso de la industria aeroespacial y la investigación científica será crucial para afrontar este desafío y garantizar un futuro más sostenible para las próximas generaciones.
(Fuente: SpaceDaily)
