La nueva estrategia de seguridad nacional de Trump olvida el espacio, clave para el futuro

En diciembre de 2017, la administración Trump hizo pública su nueva estrategia de seguridad nacional, una hoja de ruta que, lejos de pasar inadvertida, ha generado controversia tanto en el ámbito internacional como dentro de los círculos especializados en defensa y aeroespacial. Mientras que el documento ha sido criticado por su tono intervencionista respecto a los asuntos internos de los aliados europeos, expertos y analistas del sector espacial han señalado una laguna aún más preocupante: la casi total ausencia de propuestas ambiciosas para reforzar la capacidad espacial de Estados Unidos, tanto en términos ofensivos como defensivos.
La omisión resulta sorprendente en un contexto internacional donde el espacio se ha convertido en un teatro estratégico de primer orden. La dependencia de las infraestructuras espaciales para las comunicaciones, la navegación, la observación terrestre y, por supuesto, la defensa, es cada vez mayor. Países como China y Rusia han intensificado el desarrollo de tecnologías antisatélite y capacidades para operar en órbita, lo que ha motivado a potencias como Estados Unidos a replantearse su postura tradicionalmente dominante en el espacio.
Sin embargo, la estrategia de Trump apenas menciona el sector espacial más allá de lugares comunes y referencias genéricas a la innovación. Ni una sola línea sobre la necesidad de proteger los satélites de comunicaciones militares frente a posibles ataques cibernéticos o físicos, ni sobre el desarrollo de sistemas de defensa antimisiles basados en el espacio, ni sobre el avance de la exploración y explotación de los recursos extraterrestres. Tampoco se menciona el papel creciente de actores privados como SpaceX o Blue Origin, cuyas capacidades de lanzamiento y desarrollo tecnológico están revolucionando el acceso al espacio y permitiendo a Estados Unidos mantener su liderazgo frente a los avances chinos y rusos.
Esta omisión contrasta con el dinamismo que vive actualmente el sector. SpaceX, por ejemplo, ha consolidado su posición como líder mundial en lanzamientos gracias a la reutilización de cohetes Falcon 9 y a la reducción de costes, mientras que su ambicioso proyecto Starlink pretende desplegar miles de satélites para ofrecer internet global, una infraestructura que podría tener aplicaciones militares y estratégicas de primer nivel. Blue Origin, la empresa fundada por Jeff Bezos, trabaja en cohetes reutilizables como New Glenn, además de colaborar con la NASA en el desarrollo de módulos lunares y otras tecnologías críticas para la presencia estadounidense en el espacio profundo.
Por su parte, la NASA avanza con el programa Artemis para el retorno de astronautas estadounidenses a la Luna, y mantiene una estrecha colaboración con empresas privadas para garantizar el futuro del transporte espacial tripulado y el suministro a la Estación Espacial Internacional (ISS). Mientras tanto, Europa, a través de la Agencia Espacial Europea (ESA), y China, con su programa lunar y la futura estación espacial Tiangong, redoblan esfuerzos para no quedarse atrás en la nueva carrera espacial.
En España, la empresa PLD Space ha dado pasos firmes hacia la creación de una industria nacional de lanzadores, con su cohete Miura 1 y el desarrollo del Miura 5, que aspiran a colocar cargas útiles en órbitas bajas y competir en el segmento de lanzadores ligeros. Este auge de empresas privadas ha diversificado el panorama y ha abierto nuevas oportunidades para la cooperación y la competencia internacional.
El futuro del espacio también pasa por el descubrimiento y estudio de exoplanetas, un campo en el que misiones como TESS (de la NASA) y CHEOPS (de la ESA) están ampliando el catálogo de mundos potencialmente habitables fuera del sistema solar. Estos avances científicos, además de su valor intrínseco, refuerzan la posición internacional de las agencias que los lideran y promueven colaboraciones estratégicas en el ámbito científico y tecnológico.
La falta de una estrategia clara y ambiciosa en materia espacial supone un riesgo para los intereses de Estados Unidos y sus aliados. El espacio ya no es solo una cuestión de prestigio o exploración, sino un dominio esencial para la seguridad y la economía global. Ignorar esta realidad en un documento clave como la estrategia de seguridad nacional es, como mínimo, una oportunidad perdida para consolidar el liderazgo estadounidense en el siglo XXI.
En este sentido, la comunidad aeroespacial internacional espera que futuros documentos y políticas reflejen la importancia del espacio y recojan el testigo de empresas y agencias que, día a día, hacen posible el progreso tecnológico y la seguridad en la última frontera.
(Fuente: SpaceNews)
