Cien años del primer cohete de Goddard: Claves para los asentamientos lunares del futuro

El 16 de marzo de 2026 se cumplió un siglo desde que Robert Goddard, considerado el padre de la cohetería moderna, logró lanzar con éxito el primer cohete propulsado por combustible líquido. Aquella modesta máquina, que apenas alcanzó los 12 metros de altura (unos 41 pies), sentó las bases para la conquista del espacio, un recorrido que ha transformado la humanidad y cuya herencia se refleja hoy en los ambiciosos proyectos de asentamientos lunares que preparan tanto agencias públicas como compañías privadas.
El vuelo pionero de Goddard en 1926, realizado en Auburn, Massachusetts, supuso una verdadera revolución tecnológica. Hasta entonces, los cohetes dependían de combustibles sólidos, limitando su alcance y control. El sistema de combustión líquida ideado por Goddard permitió regular el empuje y, por tanto, abrió la puerta a trayectorias más precisas y complejas, un requisito imprescindible para abandonar la atmósfera terrestre y, eventualmente, alcanzar otros cuerpos celestes.
Solo 31 años después de ese primer despegue, la humanidad fue testigo de otro hito: el 4 de octubre de 1957, la Unión Soviética puso en órbita el Sputnik 1, el primer satélite artificial. Aquel simple artefacto, que emitía un característico pitido de radio, marcó el inicio de la era espacial y desencadenó una frenética carrera tecnológica y política entre las potencias de la época.
El ritmo de avance fue sorprendente. Apenas 12 años después del Sputnik, en julio de 1969, Neil Armstrong y Buzz Aldrin, a bordo del Apollo 11 de la NASA, pisaron la superficie de la Luna. El salto tecnológico entre el cohete de Goddard y el Saturn V que llevó a los astronautas estadounidenses al Mar de la Tranquilidad es difícil de exagerar: mientras el primero pesaba 5,5 kilos y transportaba poco más de 100 gramos de combustible, el Saturn V superaba las 3.000 toneladas y era capaz de enviar a tres humanos a una distancia de 384.400 kilómetros de la Tierra.
El aprendizaje acumulado en ese arco temporal sigue siendo fundamental para los desafíos actuales. La historia reciente de la exploración espacial está marcada por el auge de empresas privadas como SpaceX y Blue Origin, que han acelerado el ritmo de innovación y reducido drásticamente los costes de acceso al espacio. SpaceX, con sus lanzadores reutilizables Falcon 9 y Falcon Heavy, y ahora con el Starship en desarrollo, ha demostrado que la reutilización es posible y rentable, abriendo nuevas perspectivas para misiones de larga duración y abastecimiento fuera de la órbita terrestre.
En paralelo, Blue Origin avanza en el diseño del módulo lunar Blue Moon, mientras empresas europeas como la española PLD Space se preparan para competir en el sector con lanzadores como el Miura 1 y Miura 5, pensados para el mercado de pequeños satélites y futuras cargas lunares. Virgin Galactic, por su parte, ha encontrado su nicho en los vuelos suborbitales turísticos, aunque también explora aplicaciones científicas y de microgravedad, que podrían ser útiles para la preparación de futuras misiones a la Luna.
El renovado interés por nuestro satélite natural se traduce en el programa Artemis de la NASA, cuyo objetivo es establecer una presencia humana sostenible en la superficie lunar antes del final de esta década. La colaboración internacional es clave: la Agencia Espacial Europea (ESA), la agencia japonesa JAXA y la canadiense CSA aportan módulos, tecnología y know-how. La experiencia acumulada durante décadas en la Estación Espacial Internacional (ISS) es ahora vital para afrontar el reto logístico y humano de vivir y trabajar en la Luna.
El siguiente paso lógico es la construcción de asentamientos semi-permanentes o incluso permanentes en suelo lunar. Este objetivo implica superar retos como la protección frente a la radiación cósmica, el suministro de agua y oxígeno, la generación de energía y la producción de alimentos in situ. Los experimentos en la ISS han demostrado la viabilidad de cultivar plantas en condiciones de microgravedad y reciclar agua y aire, pero la baja gravedad lunar (un sexto de la terrestre) presentará nuevos e impredecibles desafíos.
La reciente detección de agua en forma de hielo en los polos lunares, confirmada por misiones como la china Chang’e 5 y las orbitadoras indias y estadounidenses, ha reforzado la viabilidad de utilizar recursos locales (ISRU, por sus siglas en inglés). Extraer agua y convertirla en oxígeno e hidrógeno para respirar y obtener combustible sería un avance fundamental para la autosuficiencia de las futuras bases.
Las lecciones de la historia, desde Goddard hasta el presente, subrayan la importancia de la perseverancia, la colaboración internacional y la apuesta por tecnologías disruptivas. Solo así será posible transformar la Luna en un trampolín hacia una presencia humana más allá de la Tierra, abriendo el camino a la futura exploración de Marte y el estudio de exoplanetas, un campo que avanza a pasos agigantados gracias a telescopios como el James Webb.
En este siglo de progreso vertiginoso, la experiencia acumulada y el espíritu de innovación serán los pilares que sostendrán los primeros asentamientos lunares y, con ellos, el futuro de la humanidad en el cosmos.
(Fuente: SpaceNews)
