China en la Luna: ¿Reclamará derechos territoriales sobre las zonas que explore su rover?

La llegada de China a la Luna ha supuesto un hito en la exploración espacial del siglo XXI, y plantea interrogantes sobre el futuro de la gobernanza lunar. La reciente misión Chang’e 6, que ha logrado traer a la Tierra muestras de la cara oculta de nuestro satélite, ha vuelto a poner sobre la mesa una cuestión crucial: ¿pretende China reclamar derechos territoriales sobre las áreas que explora y estudia con sus rovers?
La respuesta a esta pregunta preocupa a agencias espaciales, compañías privadas y a la comunidad internacional. Desde la Guerra Fría, la exploración lunar ha estado marcada por la rivalidad y la cooperación entre potencias. Los tratados internacionales, en particular el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de 1967, suscrito por más de 110 países, entre ellos China, Estados Unidos y Rusia, prohíben expresamente la apropiación nacional de cuerpos celestes, incluido el territorio lunar. El artículo II del tratado establece que “el espacio ultraterrestre, incluida la Luna y otros cuerpos celestes, no está sujeto a apropiación nacional mediante reivindicación de soberanía, uso u ocupación, ni de ninguna otra manera”.
Sin embargo, la creciente presencia de misiones chinas en la superficie lunar, especialmente en regiones inexploradas, ha suscitado recelos en Washington y otras capitales. Aunque Pekín ha reiterado públicamente su respeto por la legalidad internacional, muchos expertos temen que la política de hechos consumados—establecer bases, instalar experimentos de larga duración o restringir el acceso a ciertas zonas por motivos de seguridad científica—podría desembocar en una suerte de “ocupación de facto”.
La misión Chang’e 6 ha sido el último ejemplo de la sofisticación tecnológica alcanzada por China. Tras aterrizar en el cráter Apolo, en la cara oculta de la Luna, el módulo recogió unos 2 kilos de regolito lunar y los envió de regreso a la Tierra, una hazaña que solo la NASA, la URSS y China han logrado en la historia de la exploración lunar. El rover Yutu, que acompaña a estas misiones, realiza análisis geológicos y busca lugares idóneos para futuras instalaciones.
Mientras tanto, la NASA avanza con el programa Artemis, que prevé el regreso de astronautas estadounidenses a la Luna en los próximos años, y PLD Space, la firma española pionera en lanzamientos suborbitales, se consolida como actor europeo relevante. Virgin Galactic y Blue Origin, por su parte, continúan desarrollando sus proyectos de vuelos tripulados y logísticos, con la vista puesta en la explotación de recursos lunares y en la construcción de infraestructuras permanentes.
El temor a que China reclame derechos exclusivos sobre determinadas áreas no es infundado. En la Tierra, la estrategia de Pekín en el mar de China Meridional—donde ha construido islas artificiales y restringido el acceso a aguas en disputa—sirve como referencia a quienes temen una posible extrapolación de esa política al entorno lunar. Aunque el contexto es diferente, la posibilidad de que China establezca zonas de seguridad en torno a sus bases para proteger sus equipos y experimentos podría interpretarse como un intento de controlar de facto partes de la superficie lunar.
La cuestión afecta también al incipiente sector privado. Empresas como SpaceX, que sueña con la construcción de una base lunar autosuficiente, o Blue Origin, con su proyecto Blue Moon para entregar cargas útiles a la superficie, podrían verse limitadas si alguna nación impone restricciones de acceso bajo el pretexto de garantizar la seguridad de sus misiones. Este escenario podría desembocar en una carrera por “marcar territorio”, en detrimento de la cooperación internacional.
En el ámbito internacional, la NASA ha promovido los Acuerdos Artemis, un marco legal alternativo al Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre, que busca regular el uso de los recursos lunares y fomentar la transparencia y la cooperación. China y Rusia, sin embargo, no se han adherido a estos acuerdos y promueven su propia iniciativa, la Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS). Esta dualidad amenaza con fragmentar el incipiente orden lunar en bloques rivales.
La exploración de exoplanetas y la expansión de la actividad comercial en el espacio añaden complejidad al debate. El descubrimiento de recursos valiosos, como el hielo de agua en los polos lunares o minerales raros, podría aumentar la presión para establecer derechos preferentes de explotación. De momento, la comunidad internacional parece confiar en la diplomacia y la cooperación, pero la historia de la exploración terrestre muestra que la competencia por los recursos puede avivar tensiones.
En definitiva, la cuestión de si China reclamará derechos territoriales sobre las regiones que explora en la Luna sigue abierta. Los próximos años serán clave para definir un marco normativo que garantice el acceso equitativo y pacífico a los recursos lunares, evitando la repetición en el espacio de viejas disputas terrestres.
(Fuente: Arstechnica)
